Cultucristina

Wednesday, July 27, 2005

¿Léxico?

Iba caminando la corcovada, con un caaminí en la mano a modo de presente para su Madre, necesitaba cabalar el racimo para que pobre no se viera. Camochando por el bosque calaguala, flores de calta, flores de cáñamo, camomila, cálamo aromático, cidrón y anís para la calaguasca. Venía atravesando el bosque desde la casa del cabalista que callista también era. En medio de sueños cabalinos y de tropeles, recordaba a su padre el caballista (gran conocedor de caballos, mencionado en toda la región por su experiencia), quien nunca en su vida había visto. Llevaba en su cabás además de sus libros un bizcocho para cenar. Su gran cabaza verde no la dejaba pasar desapercibida, y sus cacles no la dejaban caminar ligero, sus calanzas se percibían en la distancia. Su novio era un cacereño, cacaseno, con la cara cacarañada, que por allí la vio pasar, después de un breve saludo, quiso acompañarla hasta su hogar, mientras en la casa, su Mamá preparaba en el cácabo un delicioso manjar de caramelo para el postre que serviría en los cacillos. Legaron ambos a la casa y la Mamá cortaba la carne con un cachicuerno. Lo vio venir a lo lejos y no alcanzó a candar la puerta.
Era un acto cadañal, que por allí se apareciera el indeseado; menosmal… calandraco, malparado y mal agradecido que hasta cácaro fue; que rumores habían en el pueblo de ser un caficho y de verlo caculeando, camoteando o armando camorra; tras de cagueta, caitudo, camaján, lleno de defectos, cadetadas, y cagadales; era un conchudo que le gustaba hartar. Esa casa, parecía una calaorra, las puertas llenas de cachaduras, y las visagras oxidadas; tenían allí un calungo calache que hablar le faltaba para pedir ayuda, un cálao en cautiverio y un calamón que como urraca cantaba. La Madre al ver la visita que de infortunio había llegado, preparó un jugo de calagraña, propio para la ocasión.
La Madre cansada de imaginar la situación que se avecinaba, de un arranque de maternidad y protección, echó al canijo de la choza, dándole en la calaca de coscorrones y calamorrazos, lo sacó de la casa, y a lo lejos calaguastazos.
De ahí cabadelante, por el pueblo, no se volvió a ver.

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